Cuando hace muchos años comencé a escribir columnas, mis hijos eran pequeñitos. Mi hija tenía tres años, y mi hijo uno. Mis preocupaciones para ellos eran, en aquel entonces, inmediatos, lo cual se veía reflejado en mis escritos. El peso abrumador de la responsabilidad repentina deja poco espacio para lamentarse. El caos maravilloso que llega con la familia nueva parece obfuscar la perspectiva a largo plazo. La preocupación de uno se remite a las necesidades del momento.

Como todo padre nuevo, yo soñaba, y me imaginaba un mundo mejor para mis hijos. Escribía con fervor sobre mi interés personal en el futuro. Sin embargo agradecía la vuelta abrupta a la realidad que traían los trayectos a medianoche al supermercado en busca de pañales y el pozo sin fondo de energía de los piecesitos que correteaban. Había que atender a las cosas prácticas allí mismo, por ende escribía también de llevar de la mano a mi hija a su primer día de escuela y de jugar a la pelota con mi hijo bajo una cálida lluvia de verano.

Mi fundamento han sido los momentos extraordinarios ocultos entre el paso mundano del tiempo. Y me he fiado de mis hijos para mostrar me el camino.

Hace dos noches estábamos sentados mis hijos, mi esposa y yo, cenando en una hamburguesería local. La conversación fluía a su acostumbrado ritmo exuberante, de los partidos de baloncesto a las pruebas de historia, de películas a adivinanzas, al siempre presente risotada a flor de piel. En todo el barullo, acabamos hablando del futuro.

Mi hija acaba el décimo grado de secundaria, y mi hijo el octavo. Están a años luz de donde estábamos mi esposa y yo a su edad. Son niños de otra era, con diferentes desafíos y oportunidades. Tienen una perspectiva del mundo más sofisticado de lo que fue la nuestra, y saben navegar el mundo de la tecnología y las comunicaciones con una facilidad incomparable.

Recuerdo las advertencias, cuando era padre joven, de abrigar el tiempo con ellos sin siquiera pestañar. “Pasa así de rápido”, me decían los padres con experiencia.

Pero bueno, pestañé, y de repente me encontré conversando de la universidad con dos adolescentes muy inteligentes. Por bendición nuestra familia vive de las expectativas desafiantes. La generación de mis hijos será la tercera, empezando con la de mi madre, en la que ni se discute el ir o no a la universidad. No es cuestión de “si”, sino de “dónde”.

Existe tal precedente, tal legajo, y me consolaba el hecho que ambos adolescentes encantadores y risueños frente a mí no se disminuían ante el reto.

Me doy cuenta ahora que mi labor ha tomado otro rumbo. Ahora debo preparar a mis hijos para lo que les tocará, sobre lo que ni yo ni ellos tendremos control. Tengo, como mucho, una idea borrosa de cómo será su mundo. Pero debo confiar que ellos sabrán navegarlo. Lo que me preocupa es el estado del mundo que eventualmente dejaré yo atrás.

Leí en el periódico donde el Congreso le ha otorgado al presidente Bush otros $82 mil millones para la guerra en Irak y los esfuerzos en Afganistán. Con esto el total gastado en temas de guerra llega a $300 mil millones. El mismo artículo calculó que el déficit federal, sin contar la guerra y sin contar los fondos necesarios para restaurar el Seguro Social y Medicaid, se proyecta en $855 mil millones. El cálculo del déficit a 10 años es de $2.3 billones. Esta cifra incluye costos proyectados de guerra así como otros gastos.

Toda generación en ir a la guerra se ha sacrificado mucho por la causa de su época. A Cada generación, menos la presente, que ha ido a la guerra el presidente le ha pedido poner de su parte. Esta vez, nuestro sacrificio, la carga de nuestra guerra, la llevarán nuestros ancianos y pasará a manos de nuestros hijos.

Si se nos justifica por entrar en una guerra como medida preventiva es tema de otra columna, y yo espero que se continúe la discusión con vigor. El temor a desafiar lo establecido, la conformidad temorosa con la presente oleada de nacionalismo, se confrontará, sin duda.

Por el momento, no obstante, vuelvo a mi fundamento. Y me pregunto sobre el estado en el que dejamos el mundo.

¿No ha sido siempre la responsabilidad de una generación pagar la seguridad de sus hijos?

(Víctor Landa, de San Antonio, Texas, es columnista de Hispanic Link News Service. Comuníquese con él por correo electrónico a: victorlanda@sbc global.net.) (c) 2005, Hispanic Link News Service